Cuando Friedrich Nietzsche caracterizó el âconocimiento trágicoâ como el momento en el que âla lógica se enreda sobre sí misma como una serpiente que se muerde la colaâ, no sólo estaba negando la naturaleza dogmática del conocimiento como producto final del proceso del pensamiento sino que aportaba el más contundente razonamiento per negationem en la historia de la filosofía moderna: el de la imposibilidad de la verdad última, el del carácter inmoral que la pretensión de esa verdad conlleva para el razonamiento humano o, en todo caso, el de la tragedia implícita en el más ínfimo de los anhelos humanos (curiosamente caracterizado con regularidad como âel más grandeâ): el de alcanzar âla verdad últimaâ; la certeza de todo o la certeza, al menos, de lo inmediato.
Casi cada cultura cuenta con su versión del cliché âo, concediendo, del arquetipoâ del sabio, al que además se iban adosando otras características que, per se, reafirmaban la naturaleza incontrovertible del âconocimiento últimoâ obtenido: el sabio era además viejo, además poderoso, además dominante, además el rey, además el líder del culto o de la escuela de pensamiento, además el más cercano a dios o a los libros; y cosas más o menos por el estilo. Y así, claro, no había cómo cuestionarlo; y quien se atreviera a hacerlo podía contar para sí con los más diversos niveles del escarnio.
Sin embargo, la idea del conocimiento trágico no sólo abrió la posibilidad de identificar al acto de dudar como una parte intrínseca del proceso cognitivo (âquien no duda, no despiertaâ, parecía gritar esta idea a la epistemología de finales del XIX) sino que abrió asimismo la posibilidad de un âsistema del dudarâ, por llamarlo de alguna forma desafortunada: el no poco siniestro eje Nietzsche-Foucault-Barthes, que yace en el corazón de la semiótica moderna, condena al conocimiento a compartir el mismo destino, cuando no la misma naturaleza, que la invención: al principio fascina, luego cansa, y al final o se rompe, o es superado, o se demuestra equivocado, o cae en la contradicción. Hay en ese destino una carga insoportable de absurdo, de ridículo; probablemente no haya mejor resumen contemporáneo para esa carga que el que Douglas Adams caracteriza con el número â42â en La Guía del Viajero Intergaláctico. De respuestas a preguntas mal articuladas están llenas las certezas.
Trágicamente, las muchas disciplinas que lucran con el dogma ây que distan mucho de ser únicamente la religión y la políticaâ llamarán por sistema a esta duda âmetafísicaâ, reduciéndola al ámbito de lo âno comprobableâ (como si la duda no fuera la génesis del afán de comprobación), y se conformarán con las usualmente âinabarcablesâ certezas que ofrezca su contemporaneidad. Tan patente es esta noción temporal âo si se quiere circunstancialâ del uso del conocimiento como dogma que podrían delinearse claramente, si nos diéramos tiempo, los hitos históricos de quienes, como clase o individuos, han lucrado con la noción de âconocimiento incontrovertibleâ, con la imposición de su observancia, con la posibilidad de su administración y de su usura y con el abuso de la âautoridadâ que de él deriva. Si nos diéramos tiempo, claro está, también nos daríamos cuenta de que su relación con el poder establecido es intrínseca e inevitable.




















