«Un edificio dura mucho más que el uso inicial para el que es concebido», por lo que debe ser permeable al cambio, y que pase fácilmente de vivienda a oficina o de comercio a escuela. Para hacer esto posible hacen falta, sobre todo dos cosas:Â libertad e inteligencia, y sobran otras muchas, especialmente, las ordenanzas que oprimen los proyectos desde el primer ladrillo hasta el último rodapié en cualquier edificio que levanta, unas normas absolutamente castrantes desde el punto de vista creativo, y culpables de la proliferación masiva de viviendas mal hechas.
Ricardo Aroca puede ser el arquitecto en activo que más viviendas ha levantado sobre el suelo de la capital del reino, en torno a las 3.000 de nueva construcción, y varios cientos más si se suman los proyectos de rehabilitación. En los años 80 su estudio fue prolífico y constribuyó a dar forma a los ensanches de Orcasitas o San Pascual, salpicando de edificios residenciales otros muchos barrios, hasta sumar más de 50 proyectos de nueva planta y 24 más de rehabilitación.
Ha sido testigo de la evolución y la mutación en la forma y el fin de la construcción residencial, desde los pisos de décadas atrás, construidos para ser habitados, a las posteriores que se construyen con la idea de ser vendidas de nuevo más adelante, en las que «si uno hace la pared 10 centímetros más gorda la habitación tiene 10 centímetros menos de vivienda» y, por tanto, vale menos.
La estrutura de propiedad y la ‘vivienda-inversión’ han generado un mercado de viviendas «pequeñas y excesivamente compartimentadas», cuando lo interesante de una casa es que sea amplia y maleable. «Por razones de contabilidad de espacio y metros útiles en Madrid, se ha hecho una cantidad de vivienda social, con cuatro viviendas por planta y dando a una sola fachada, y a veces con orientación a poniente, lo que aquí la hace completamente inhabitable».
Por eso, Aroca cree que, si una crisis puede servir para algo, que lo duda, podría ser para recuperar principios constructivos que se aplicaban «sí o sí» en los años 40, 50 y 60, como la ventilación cruzada o las orientaciones correctas. «Sería deseable, aunque me parece imposible, medir de verdad las limitaciones que imponen en ordenanzas y planes urbanísticos», porque «lo que debería limitar la ordenanza es el número de viviendas que se pueden hacer en cada sitio y no la superficie», así las casas no serían tan minúsculas. Además, cree que «no se debería considerar como superficie construida aquellos elementos que contribuyen al confort, como son losmuros gruesos o las separaciones con vecinos.
Ãngel Muñoz 22, más allá de las normas
Cuando, en 1978, Aroca abordó el diseño de las 43 viviendas de Ãngel Muñoz, 22 se encontró con que su ubicación -no lejos de la M-30- le permitía eludir gran parte de las normas que marcaban las nuevas edificaciones que regía la zona.
«La libertad a la hora de hacer el proyecto fue máxima», afirma. Eso sí, «dada la legislación de este país al respecto, el libre disfrute termina en la notaría cuando se hace la división horizontal», puntualiza. El edificio estaba planteado para albergar cualquier uso.
Tener la terraza alrededor nos pemitió, por ejemplo que las persianas enrollables sean recitables por fuera», por lo que no hay entrada de aire. Para las terrazas, «teníamos el problema de cómo conseguir una barandilla de terraza no escesivamente opaca, y encontramos unas piezas muy baratas, que no son más tapajuntas de una cubierta de chapa» que por dentro proporcionan casi el aspecto de barrotes de madera. «Lleva 35 años y como veis no hay ninguna mancha de óxido», apunta.
Acero y ladrillo combinan, en parte, gracias al diálogo de ambos con el exterior, ya que la luz y la vegetación entran en casi cada rincón del edificio, incluso en el garaje. «Hemos usado el acero galvanizado de manera sistemática incluso en su momento pensamos en hacer las fachadas de chapa, pero esto era una comunidad de propietarios, y no estaba la gente preparada para este tipo de cuestiones».




















